martes, 25 de octubre de 2011

No debiera despertar del letargo que había adormecido todo mi cuerpo. Mi maquinaria se encontraba con unos índices muy bajos de combustible, precisaba de fuerzas que tirasen de ella. Pero no tenía esas fuerzas, quizá ni quería poseerlas. Ya no permanecían los residuos de lo que algún día fueron problemas sin solución, debido a que ya no sentía nada. El peor mal del ser humano, sentirse inútil e impasible ante la atmósfera de desafíos que hay ahí fuera. Yo ya ni padecía dolor ni nadaba en satisfacción, era imperturbable. No tenía los ánimos suficientes como para volver al campo de batalla a enfrentarme a un destino que no dependía de mí. Es la tranquilidad del que no teme perder nada, porque ya lo ha perdido todo.

¡La normalidad APESTA!

miércoles, 12 de octubre de 2011

El desaliento y la angustia consumen mi corazón. Aborrezco la aparición del día, que me invita a una vida, cuya verdad y significación es dudosa para mí. Paso las noches agitado por continuas pesadillas. Lucho desesperadamente por un rayo de luz que me saque del error y de la duda. Pero cuanto mayores son mis esfuerzos más me pierdo en el laberinto

¿Cuál es la demostración de amor más pura: la que tiene las palabras más dulces o la que te hace sentir el latir de un corazón desgarrado? La respuesta está más que clara. Y yo sé que cada palabra que escribí, cada palabra que te dí te hizo sentir frío en los huesos y que en tu subconsciente aún habito yo, rondando de vez en cuando algún pensamiento que sale a la luz.
Acá están mis partículas, digeridas y vomitadas, estoy desarmada, constantemente en un prueba-y-error intentando que en mi fachada no queden rajaduras que me hagan desarmar nuevamente. Acá empiezo yo. Acá te devuelvo las partículas tuyas que por algún tiempo robé. Acá termina esto.