martes, 11 de diciembre de 2012

La continuidad de los parques

Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restallaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.
    Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano. la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.


Julio Cortázar

domingo, 26 de agosto de 2012

LO QUE ME GUSTA DE TU CUERPO ES EL SEXO. LO QUE ME GUSTA DE TU SEXO ES LA BOCA. LO QUE ME GUSTA DE TU BOCA ES LA LENGUA. LO QUE ME GUSTA DE TU LENGUA ES LA PALABRA. - Julio Cortazar

miércoles, 1 de agosto de 2012

Muere lentamente quien se transforma en esclavo del hábito, repitiendo todos los días los mismos trayectos, quien no cambia de marca, no arriesga vestir un color nuevo y no le habla a quien no conoce. Muere lentamente quien evita una pasión, quien prefiere el negro sobre blanco y los puntos sobre las "íes" a un remolino de emociones, justamente las que rescatan el brillo de los ojos, sonrisas de los bostezos, corazones a los tropiezos y sentimientos. Muere lentamente quien no voltea la mesa cuando está infeliz en el trabajo, quien no arriesga lo cierto por lo incierto para ir detrás de un sueño, quien no se permite por lo menos una vez en la vida, huir de los consejos sensatos. Muere lentamente quien no viaja, quien no lee, quien no oye música, quien no encuentra gracia en sí mismo. Muere lentamente quien destruye su amor propio, quien no se deja ayudar. Muere lentamente, quien pasa los días quejándose de su mala suerte o de la lluvia incesante. Muere lentamente, quien abandona un proyecto antes de iniciarlo, no preguntando de un asunto que desconoce o no respondiendo cuando le indagan sobre algo que sabe. Evitemos la muerte en suaves cuotas, recordando siempre que estar vivo exige un esfuerzo mucho mayor que el simple hecho de respirar. Solamente la ardiente paciencia hará que conquistemos una espléndida felicidad.

viernes, 27 de julio de 2012

Nacen para estudiar, estudian para trabajar, trabajan para morir.. (ESTABAN MUERTOS DESDE UN PRINCIPIO)

domingo, 6 de mayo de 2012

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Como si una pausa doliera menos que un intento fallido, como si el quedarse a mitad de camino fuera más tolerable que el tener que regresar con la cabeza gacha y el ánimo un poco arrugado pero con el recuerdo de lo poco o mucho que fue y la tranquilidad de al menos haberlo intentado. Creo que solté al aire más de una vez eso que murmura mi corazón, sin poner un filtro, sin que mida lo racional. Siendo impulso y emoción. Pero vos dale.. decile lo que pensas a la almohada.. boludo

jueves, 1 de marzo de 2012


Hoy mis ojos no te ven, hoy mi boca no te nombra



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Mató la esperanza de un hecho,
inventó un futuro desecho,
Salió así su bravura cobarde infernal.
Tristemente aceptada, normal.
Hizo de eso un defecto, generó movimiento.
Violento en su ser;
Nunca más pudo ella volver.
Fue el silencio en esencia,
Y voló, siempre al viento le toca un adiós.
Hay tormentas que quedan, que están.
En la arena no vive pero puso su amor a la vida,
a ella misma, al dolor...


-vivir muriendo-

domingo, 5 de febrero de 2012


Contigo aprendí que existen nuevas y mejores emociones.
Contigo aprendí a conocer un mundo nuevo de ilusiones.
Aprendí que la semana tiene más de siete días,
hacer mayores mis contadas alegrías,
y a ser dichoso, yo contigo lo aprendí.
Contigo aprendí a ver la luz del otro lado de la luna.
Contigo aprendí que tu presencia no la cambio por ninguna.
Descubrí que puede un beso ser más dulce y más profundo,
Que puedo irme mañana mismo de este mundo
las cosas buenas ya contigo las viví.

miércoles, 1 de febrero de 2012

Yo adivino el parpadeo
de las luces a lo lejos,
van marcando mi retorno.
Son las mismas que alumbraron,
con sus pálidos reflejos,
hondas horas de dolor.
Y aunque no quise el regreso,
siempre se vuelve al primer amor.
La quieta calle donde el eco dijo:
Tuya es su vida, tuyo es su querer,
bajo el burlón mirar de las estrellas
que con indiferencia hoy me ven volver.
Sentir, que es un soplo la vida,
que veinte años no es nada,
que febril la mirada
errantes en las sombras
te busca y te nombra.