Érase una vez un cactus alto y delgado que crecía en las tierras de Perú, el Ecuador y Bolivia. Antes de que los europeos llegaran por esas latitudes los nativos lo conocían con el nombre de achuma; al producirse la cristianización todos ellos lo vieron claro: Si el apóstol Pedro tenía las llaves del cielo, entonces ese cactus era su san Pedro, pues él también guardaba las llaves que daban acceso a los reinos celestiales -a veces previo paso por los infernales-.
Si las puertas de la percepción fueran abiertas, el hombre percibiría todas las cosas tal como son..
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